• Publicado: 09 Aug 2012

  • Archivado en: México, Opinión

La ley de Director

En una plática, el difunto economista Milton Friedman hace un argumento importante: la política la hacen no los ricos o los pobres, sino la clase media. Y por ello, un fenómeno llamado la ley de Director, en alusión a quien acuñó la idea y que por cierto era cuñado de Friedman, dicta que la clase media buscará minimizar sus costos y maximizar sus beneficios cuando se trate de programas públicos.

Me explico.

Naturalmente, para aprobar cualquier ley se necesita una mayoría, digamos del 51%. En el caso de que el estado quisiera ser Robin Hood, este 51% estaría comprendido por el 51% más pobre de la sociedad, aprobando leyes en contra del 49% más rico.

Pero, según Director y, -permítanme decirlo- la experiencia, esto no ocurre.

Los más pobres de una sociedad están ausentes de la decisión política por las mismas razones que tienen ingresos bajos: generalmente una preparación educativa baja, pocos recursos de capital y simplemente poco tiempo para actividades cívicas.

Por otro lado, la clase media esta llena de personas que pueden marchar, protestar o escribir en los periódicos y que tienen un grado superior de conocimiento sobre los quehaceres de la política.

Para formar una mayoría, por lo tanto, se requiere de un 51% pero del centro. Se puede excluir a los más pobres de la decisión y también a los más ricos, pues se puede por ejemplo afectar a los más ricos y perder pocos votos, con el fin de ganar más en la clase media.

El resultado es que las políticas tienden a ser redistributivas, pero no necesariamente de los más ricos a los más pobres, sino hacia la clase media.

Las implicaciones son enormes.

Un ejemplo latente es el subsidio a la gasolina, que beneficia a los de clase media más que a nadie, e incluso a expensas de los que menos tienen, pero que es políticamente muy difícil de quitar

“Los de la clase media se cuidan bien entre sí”, dice Friedman.

La ley de Director es una consecuencia de la democracia representativa, aunque esta no es suficiente para justificar un estado totalitario.

Pero quizás la aceptación de este principio, al menos implícitamente, es lo que muchos marxistas tienen en mente cuando suponen que solo una revolución podría cambiar el equilibrio del poder en una democracia.

El problema con el segundo argumento es que como hemos visto, una y otra vez, el poder eventualmente corrompe al dictador benevolente.

¿Qué hacer entonces ante semejante realidad?

Tal vez simplemente limitar los efectos que tienen sobre los demás las decisiones públicas. Una manera simple de hacerlo es repensar el rol del gobierno, aceptar que un estado Robin Hood es prácticamente imposible de lograr, y aprender a ver con mucha cautela cualquier programa de transferencia que prometa quitar del rico para dar al pobre.

Recordemos siempre que el poder esta en el centro, por más que los partidos digan lo contrario. Y que los programas de transferencias son notoriamente más difíciles de quitar que iniciar.

Como diría el Dr. Friedman, “no hay nada más permanente que un programa de gobierno temporal”.