• Publicado: 09 Mar 2016

  • Archivado en: Política, EstadosUnidos

El problema no es Trump

Aunque el exponente más entretenido del desastre político en Estados Unidos este año es culpado, la responsabilidad del circo que estamos presenciando recae en los que diseñaron el absurdo sistema electoral de aquel país.

Trump es solamente el sintoma, bastante entretenido, de una forma de hacer política que tiene sentido en un país con reglas electorales tan confusas.

No solamente lo digo yo, según el Council of Foreign Relations:

The presidential nominating process in the United States is one of the most complex, lengthy, and expensive in the world.

Empecemos con algo que es obvio: nadie quiere a Trump. De acuerdo con una reciente encuesta del Wall Street Journal, 66% de los estadounidenses no podrían votar por el, pase lo que pase, en una elección nacional.

En cuánto a su propio partido: 46% de los votantes declaran que estarían inconformes con Trump como su candidato. En contraste, en el 2012, 72% de los votantes en esta etapa de las campañas afirmaban estar al menos “agusto” con Romney como su candidato.

Entonces, ¿Cómo es posible que probablemente sea el candidato oficial?

No es que de un día al otro el estadounidense promedio se haya vuelto más xenofobico. Más bien, el estadounidense xenofobico tuvo en esta elección más peso político del que merece tener.

A diferencia del sistema mexicano (o algunos más sensatos), el estadounidense es todo un enramado de reglas que han ayudado al “Donald”.

Primero, el hecho de que las votaciones se hagan de manera escalonada ya es una diferencia inmensa con respecto a muchos países civilizados. El resultado de una votación previa tiende a influir a las posteriores (los votantes ya ven un “ganador” y esto encaja perfecto en el proyecto de Trump). También influye en el dinero: se escapa de los perdedores y se va con los que van ganando. Esto funciona bien con un Trump en la era de medios másivos y directos: basta un tweet para colocarse en primera plana y mantenerse vigente.

Segundo, el caos que propicia el sistema de delegados electorales puede llegar a ser ventaja para quien lo entiende bien. Uno pensaría que los delegados se reparten en base a métricas de población y que sería representativo de esto a nivel nacional. Nope.

El sistema difiere por partido, pero los republicanos dan 10 delegados a cada estado, y tres más por cada distrito electoral. Además de lo anterior, de una manera relativamente arbitraria un par a cada estado en base a sus votos en el Colegio Electoral (otro desastre de sistema de votos para la elección general), los gobernadores de su partido y senadores y en sus resultados en las últimas tres elecciones presidenciales. Además de estos, se apilan los “superdelegados” que no tienen que votar por el candidato que su estado haya “prometido” (en teoría las votaciones son para escoger delegados que a su vez “prometen” votar por ese candidato en base a los resultados de las elecciones de nominación) sino que son miembros del partido destacados, como ex-presidentes, gobernadores y demás. En los demócratas, estos son alrededor del 20% del total, mientras que representan aproximadamente 7% del total para los Republicanos.

Pero entre los delegados normales, en la práctica, esto significa que un estado con menos población está sobre-representado, por el componente fijo de los 10 delegados. Si el estado tiende a inclinarse por ser Republicano, aún más.

Pero si la distribución de los delegados no es justo en términos de población, tampoco la distribución de cada delegado en términos de votos por estado o por distrito. ¿Qué dije?

Hay 10 estados (que solamente pueden votar a partir del 15 de marzo) que dan sus delegados en términos llamados coloquialmente winner-take-all. El ganador de la elección, sea con 16% o 99% (hay un límite mínimo de, generalmente, 15%, aunque también difiere por estado(5%, 20%, 13%, etc…)) se lleva todos los delegados.

Para complicar un poco más la cosa, hay estados con reglas particulares que son híbridas: dan el total de los delegados asignados por distrito al ganador, no de manera proporcional. Es decir, es un winner-take-all, pero por distrito.

También hay otros estados que dan todos los delegados distritales al ganador de la mayor proporción de distritos ganados (irrespectivamente del total) y todos los delegados estatales al ganador proporcional del voto total. De manera que un candidato puede empatar en delegados con el ganador aún y cuando la diferencia en votos sea grande. ¿!What!?

Finalmente, ¡Ni siquiera la manera de votar para un candidato es igual entre todos los estados! Hay estados que todavía hacen “caucases” que significa, básicamente, ir a pararse literalmente a la esquina en un salón grande que representa tu “voto” por un candidato, para que te cuenten, cual elección en kinder. Hay también “primaries” que son votos como los conocemos, pero que pueden ser “abiertos” (cualquier persona puede ir a votar) o “cerrados” (cualquier persona registrada con el partido, hasta un día antes).

El Washington Post tiene un buen break-up de como se distribuyen los delegados por tipo de votación:

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Y por tiempos en los que se votan:

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Esto significa que se debe trotar con cuidado en estados poco poblados, con primary cerrada y que generalmente votan por el partido, puesto que tienen más delegados proporcional a su población. También los primeros estados son desproporcionadamente más importantes, por el dinero e ímpetu que pueden generar. Ni se hable de los estados grandes que además entregan a todos sus delegados al ganador, como Florida dónde Marco Rubio mantiene esperanza.

Estos estados, (casi siempre), tienden a ser más WASPY que el promedio nacional (White-AngloSaxo-Protestant), y eh ahí el exito de Trump con su discurso nativista.

Aquí va un experimento con datos muy, muy simples. Hay dos estados (A) y (B). El primero tiene poca población pero le fue muy bien al partido con Bush (10 delegados + 4 de distritos + 5 de “puntos electorales” + 5 por votos del Colegio Electoral). El segundo es un estado más poblado, con una participación más o menos empatada con el otro partido (10 delegados + 7 de distritos + 2 de “puntos electorales” + 9 por votos del Colegio Electoral). En el primero, que es más partidista por definición y (casi siempre) más blanco, Trump tiene la ventaja.

Veamos su distribución de votos y delegados:

Estado Votantes Republicanos que votan (%) Votos por Trump (%) Delegados
A 2,000,000 350,000 (18%) 175,000 (50%) 12 de 24
B 3,700,000 445,000 (12%) 134,000 (30%) 8 de 27
Ambos estados 5,700,000 795,000 (14%) 309,000 (38%) -

Bajo este escenario, Trump gana el 38% de los votos, pero 39% de los delegados. Esto no puede parecer como mucho, pero veamos en el mix si el estado B resulta ser uno de los 10 que dan todos sus delegados.

Si el estado B es winner-take-all:

Estado Votantes Republicanos que votan (%) Votos por Trump (%) Delegados
A 2,000,000 350,000 (18%) 175,000 (50%) 12 de 24
B 3,700,000 445,000 (12%) 134,000 (30%) 27 de 27
Ambos estados 5,700,000 795,000 (14%) 309,000 (38%) -

Trump se queda con 76% de los delegados, aunque ganó el 38% de los votos.

Claro, bajo este escenario, tendríamos que asumir que con 30% es el candidato que más votos obtuvo, pero es justamente lo que ha estado sucediendo.

En los primeros 15 comicios, Trump ha ganado el 35% del voto popular (como lo hacemos en México) pero 43% de los delegados. Cada día que pasa empeora el escenario para otros candidatos por que ganar le beneficia en las encuestas y esto a su vez propicia más triunfos. Si se lleva un par de estados winner-take-all grandes, ya gano la nominación. Es decir, antes de que voten aproximadamente un tercio de los estados, y aunque todos en esos estados voten en contra de Trump, ya es matemáticamente imposible revertir la ventaja. El plan B en este caso sería una “convención sin confirmar” (sigue leyendo).

Resulta pues, que haber ganado la mayoría de los delegados no necesariamente implica ser el candidato.

Como simple matemática, para ganar la nominatura Trump necesita 1,237 delegados (el 50.05%) antes de la convención. Esto es importante por que recordemos que los votos del ciudadano no cuentan, sino el voto del delegado.

Los delegados “normales” han “prometido” votar por el candidato que los gano, de la manera que describí antes, pero esta promesa solamente dura la primera ronda.

Digamos que Trump llega con 1,200 delegados y ningún “superdelegado” lo apoya. Esto significa que no gana la nominación en la primera ronda (se queda con 48.5%) y por lo tanto, la segunda ronda se abre. Esto significa que los delegados pueden votar por el que se les antoje sin importar los votos de los ciudadanos. Dado este escenario, es casi obvio que los candidatos con mayor probabilidad de ganarle al contrincante Demócrata (Kasich o Rubio) podrían ser elegidos.

Desde 1952 no se ha dado una convención no confirmada, volviéndose estas básicamente coronaciones. Pero 2016 ha sido un año muy extraño, electoralmente hablando, y no se puede descartar nada.

El hecho de que Trump podría quedar corto al final por la enorme cantidad de candidatos da aún menos incentivo por salirse de la contienda, lo que explica la terquedad de Rubio y Kasich (aunque técnicamente cualquier Republicano es elegible para ser nominado en una convención).

Regresando al punto inicial: dos tercios de los Republicanos no quieren a Trump y va ganar porque este año le ha beneficiado al multimillionario una tormenta perfecta, gracias a la locura del sistema electoral estadounidense:

Con estos incentivos puestos, ¿Quién no intentaría ganar la simpatía de uno que otro supremacista blanco?