• Publicado: 13 Nov 2012

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Los primeros corporativos

La “ciudad de los canales”, como es conocida Venecia, no sólo es un bello ejemplar de arquitectura sino probablemente el lugar donde empezaron los contratos de responsabilidad limitada, en los cuales se erigen la mayoría de los corporativos hoy en día.

En este interesante Working Paper de Diego Puga y Daniel Trefler sobre Venecia y la globalización en el siglo X (900-1,000 D.C), se habla extensamente sobre una forma de innovación contractual llamada la “colleganza”.

Es una de las innovaciones comerciales más importantes en la historia medieval y un predecesor de las empresas con accionistas.

El contrato surgió a partir un incremento importante en el comercio exterior del pequeño país (que por azahares del destino también era independiente y relativamente pacífico) con zonas del imperio Bizantino (cuya capital era Constantinopla, o Istanbul en nuestros días). El viaje de ida a aquella tierra exótica consistía en por lo menos un mes y al menos otros dos de regreso (ver mapa).

mapa

Las ganancias de las travesías podían ser inmensas (hasta de 100%), pero también el riesgo. El barco podía caer en manos piratas o simplemente retrasarse por inclemencias climáticas, llegando a su destino cuando el mercado se habría inundado de los productos que traía.

Debido a que también se necesitaba desembolsar un costo fijo muy alto (el barco), nació la necesidad de innovar en contratos que permitieran distribuir el riesgo y además ofrecieran capital suficiente para el viaje. Un préstamo común para comprar mercancia en Constantinopla no era buena opción para el prestamista puesto que su dinero literalmente se iba navegando a miles de kilómetros de distancia.

Nacieron así los contratos llamados “Colleganza”, que consistían en una empresa de responsabilidad limitada entre diversos empresarios. El mercader “sedentario” proporcionaba una cantidad dada de mercancía oriunda de Venecia (por ejemplo, ropa de algodón), misma que no tenía mucho valor por si propia sino hasta venderse en el exterior.

Esto “obligaba” a que el mercader “aventurero” viaje hasta Constantinopla (o cualquier otro lugar acordado) para venderlo. Ya una vez ahí, intercambiaba esa mercancía por otra que pudiese vender más cara en Venecia (por ejemplo, pimienta) y se regresaba a puerto.

Si bien había diferencias entre contratos y consideraciones especiales en función de muchos factores, la mayoría seguían un esquema parecido. Las ganancias típicamente se repartían en 75% para el “sedentario” (que proporcionaba el capital sujeto a riesgo, es decir la mercancía) y 25% para el que literalmente se subía al barco. Si hubiese perdidas en el transcurso (por ejemplo, por las fluctuaciones en precio), todas estas saldrían del capital inicial que puso el “sedentario”, pero se limitaban a este capital. Si el mercader aventurero por ejemplo se endeudaba en el exterior, eso ya era su propia responsabilidad.

De esta manera, la “colleganza” proporcionaba un medio legal para limitar la exposición del capitalista al riesgo especificado en ello. Si el mercader “aventurero” no respetase los acuerdos, habían grandes multas de por medio.

A pesar de ser una importante innovación, el autor explica que no hubiera sido posible sin un par de instituciones que eran únicas a Venecia (recomiendo ampliamente que lean el paper).

Además, resultaron ampliamente benéficos para la economía local, puesto que los venecianos más emprendedores podían acceder a crédito para sus aventuras, y si fuesen éxitos regresar para ser ellos mismos mercaderes “sedentarios”, actividad que era generalmente muy lucrativa.

Finalmente, una foto y traducción de una “colleganza”, traducida por los autores y tomada de ahí mismo:

coleganza

Fuente