• Publicado: 03 Dec 2011

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Los Judíos y su "Brillante" Confianza

Cada año se lleva a cabo una de las exposiciones más grandes del mundo sobre joyas y diamantes en Las Vegas. Si uno busca comprar un diamante, es importante que no deje esa tarea para el sábado, pues casi la mitad de los vendedores no trabajan.

En conmemoración al “sabbath”, los judíos, quienes gozaron de un dominio casi monopólico sobre la comercialización de los diamantes desde el Siglo XVI, cierran sus puestos y descansan. Sin embargo, debido a diversas costumbres y tendencias demográficas, lo que alguna vez pareciera como una industria dominada sólo por unos pocos afortunados, está cambiando.

La hegemonía de los judíos en la industria de los diamantes se puede explicar en gran parte por su historia como nación. Desde la expulsión de su tierra natal, los judíos forjaron una amplia red de lazos familiares en muchos lados del mundo. Común era la familia que enumeraba un primo en Alemania, un tío en Venecia, un abuelo en Judea (hoy conocido como Israel y Palestina), etc. Es fácil ver como una industria como ésta podría florecer entre tal comunidad.

Los créditos comerciales en ese entonces eran escasos y limitados a clérigos o monarcas. Por lo tanto, las mercancías que se transportaban a grandes distancias requerían de un vendedor dispuesto a esperar su pago durante un extendido periodo de tiempo. Debido a que los contratos eran inexistentes o pocas veces se podían hacer valer, la reputación y la confianza era un factor de suma importancia. Los vínculos familiares proveían de dicha confianza. Los judíos fueron los únicos que podían enviar diamantes de la India (en donde se minaban todos antes del Siglo XVIII) hacia Venecia y después hacia los grandes centros de intercambio en Alemania y Francia (donde estaba el dinero) porque tenían un familiar o amigo en cada una de esas áreas geográficas. No resulta sorpresivo que son los judíos ultra ortodoxos quienes dieron inicio a este mercado, pues cuentan con una fuerte tradición de aplicar severas condenas sociales a los ladrones. Traicionar a otro comerciante no sólo afectaba tu reputación (y negocio), sino tu vida social, al ser excluido de la comunidad religiosa.

Todavía hoy, la confianza y la reputación es uno de los bienes más preciados del negocio, donde tus buenas referencias comerciales sirven como crédito para adquirir estas piedras. Todos (incluso competencia) en la industria se conocen.

Pero transportar es una cosa, el verdadero valor agregado está en la transformación de un pedazo de piedra a una preciosa gema. ¿Por qué los judíos también dominaron esta actividad?

Primero, la discriminación hacia los judíos, paradójicamente los obligo a especializarse en actividades de alto valor agregado. En la Europa ultra cristiana de esas épocas, comerciar y manejar dinero eran vistos como sucios, por lo que delegaban estas tareas a los judíos. Sólo después de mucho tiempo, al ver la riqueza con la que contaban los judíos, se empezaron a relajar las actitudes restrictivas sobre trabajar en el comercio. Para ese entonces, ya contaban con importantes redes de comercio e infraestructura y conocimientos.

Segundo, los diamantes y los artefactos para tallar son una manera perfecta de preservar valor para un pueblo en constante movimiento. Por lo tanto una carrera en esta industria resultaba atractiva para los judíos de la época. Cuando había que viajar con poca anticipación, siempre se podía vender un diamante y cuando había que esconder la riqueza, las pequeñas piedras se llevaban entre la ropa. Además, todo el capital que necesita un tallador para hacer su trabajo se puede transportar relativamente fácil. Lo importante en éste trabajo es el conocimiento, mismo que también es fácilmente transferido entre miembros de familia (de padre a hijo, por ejemplo).

Finalmente, los talladores judíos obtenían de primera mano la última tecnología en lentes y artefactos para tallar. Esto, por que los judíos siempre han sido pioneros en la óptica, y esa tecnología era fácilmente diseminada entre las diásporas judías, sirviendo de palanca para la innovación en técnicas de tallado.

Dados los anteriores factores, lo que siguió es una historia de persecución y reinstalación de diamantaires. De Lisboa a Paris y después a Amberes los expertos talladores judíos cargaban con sus conocimientos y herramientas y se instalaban en cualquier sitio que toleraba sus prácticas. Se instalaron y consolidaron poco a poco los grandes centros de intercambio de diamantes del mundo; Nueva York, una ciudad con fuerte presencia judía; Amberes, en Bélgica; Londres; y después de la fundación de Israel, en el propio Tel Aviv.

El descubrimiento de minas en Australia y África cambiaron el escenario muy poco. Si bien el proceso de minar y encontrar diamantes dio oportunidad de participación a otras personas de diversos antecedentes, los judíos mantuvieron un monopolio sobre el tallado y comercialización final de los diamantes, lo que realmente produce riqueza.

Hoy en día, los centros más importantes de tallado e intercambio de diamantes (llamados bours), siguen estando en Israel, sin embargo, su poder se ha visto fuertemente limitado por otra diáspora: los indios.

El Alto Consejo de Diamantes, la organización más importante de comerciantes de diamantes en Amberes ya tiene entre sus once miembros a cinco indios, algo difícil de imaginar hace pocos años. Pero esto no refleja con claridad hasta qué punto han caído los judíos. Según algunas estimaciones, los indios acaparan ya el 65% de las ventas de diamantes en Amberes.

En muchas maneras, la ventaja que los indios tienen es similar a la de los judíos de antaño, son globales. Mientras que los judíos se han asentado en Israel y otros centros estratégicos, los indios han podido emplear el mismo sistema de diáspora global para tomar ventaja de las economías de escala y los bajos costos. Por ejemplo, Ashwin Jahwery, un comerciante indio de Amberes, tiene oficinas en Taiwán, Tailandia, China, Australia, Inglaterra y España, todas administradas por sobrinos. Los indios del negocio de diamantes son increíblemente parecidos a los judíos; muy religiosos y con un un código moral fuerte que pone la palabra y la reputación por encima de otras consideraciones. Algunos indios y judíos no han hecho un solo contrato escrito en treinta años. Y a pesar de ser competidores, ambas comunidades se respetan profundamente. Es común que un comerciante judío guarde miles de dólares de mercancía con algún conocido indio (y viceversa).

Sin embargo, tantos años de especialización parecen seguir dando resultados. A pesar de estar perdiendo terreno en la comercialización, casi nueve de cada diez diamantes se siguen puliendo por judíos. No obstante que cuesta en promedio diez veces más tallar un diamante en un taller judío en Amberes que en Bombay, resulta buen negocio, pues la tecnología con la que cuentan (computadoras y software diseñado en Israel) y la simple experiencia del tallador logran piedras más bellas y por lo tanto más caras.

El futuro quizás estará compuesto de un par de familias de talladores judíos súper-estrellas; puliendo las piedras más caras y de mejor calidad, varios centros en Israel y la India compitiendo por pulir las demás piedras y miles de familias indias comercializándolas en el resto del mundo.