• Publicado: 01 Nov 2011

  • Archivado en: Internacional, Macroeconomía

Macroeconomistas, o el optimismo

“Cándido, o el optimismo”, una muy recomendable obra de sátira sobre el optimismo infundado (y la obstinación de un iluso Cándido a no dejar de creer en él) está atribuida a Voltaire a pesar de que niegue (quizá en burla) haberla escrito. El paralelismo no podría ser mayor con los economistas, pues a lo largo de la historia de nuestra profesión, el defender el optimismo infundado (después de comprobar su falibilidad), ha hecho de nosotros expertos en excusas.

Como Voltaire en su obra, nos escudamos de crítica cuando la realidad no refleja nuestro optimismo. Mientras él lo hace con un seudónimo, nosotros con supuestos y demás tecnicismos.

Bien dirás, el trabajo de un economista, (predecir a la gente) es difícil. Pero equivocarnos en predicciones no es lo mismo que equivocarnos con un sesgo. Por razones que expondrá a continuación un verdadero economista, los macroeconomistas tienden a tener un sesgo hacía el optimismo, cosa que podría dejarnos, como a Cándido, presenciando una lenta y dolorosa realidad desenvolverse ante nuestros ojos.

Jeffrey Frankel divulgó recientemente un artículo titulado, “Over-optimism in forecasts by oficial budget agencies and its implications” (como si ser arbitrariamente optimista no tuviera suficientes implicaciones - ¿Se tiene que ser sobre-optimista para estar equivocado?). El autor estudia las predicciones oficiales de presupuesto de 33 países y encuentra dos cosas; primero, que hay un sesgo significativo hacia lo positivo y segundo, que dicho sesgo tiende a aumentar en periodos de tiempo más largos y cuando la economía está en buenas condiciones.

Cuando una agencia oficial sobre-estima una recuperación o sub-estima un desacelere económico, las implicaciones pueden ser tremendas. Por ejemplo, llevar a cabo recortes impositivos que acaban por crear un déficit difícil de manejar. Considero que Frankel lo resume bastante bien a continuación:

The problem […] is worse than just a tendency toward excessive budget deficits on average. Some advanced countries have followed generally procyclical fiscal policies since 2000: taking steps to cut tax rates and increase spending during expansion and then moving in the opposite direction in response to recession. […] Because the United States, the United Kingdom, and most members of the euro-zone failed to take advantage of the expansion of 2002-2007 to attain budget surpluses, when global recession hit in 2008-09 they found themselves with such high levels of debt that they felt constrained to tighten fiscal policy. […] If the official forecast is optimistic, there is no reason to take painful steps such as cutting spending or raising taxes.

Las implicaciones de un sesgo como tal son obvias. Mientras muchos podrían concentrarse en culpar a los políticos, la realidad de las cosas es que pocos (si acaso alguno) de ellos son macroeconomistas, y por lo tanto dependen de las estimaciones sesgadas para tomar una decisión.

Además, Frankel encuentra que las “reglas” de déficit que muchos países imponen, como en la Unión Europea, resultan nulas para evitar los problemas de déficit porque sólo obliga a los macroeconomistas a cambiar la predicción (y por lo tanto aumentar el sesgo) y no necesariamente a los políticos a tomar decisiones difíciles.

Pero hay esperanza para los leibzianos, eternos optimistas. Frankel encuentra un caso ejemplar entre su muestra, hay un país que ha evitado el optimismo, y que ha funcionado mejor que muchos otros: Chile. El país modelo lo ha hecho aislando a los pronósticos de la vida política nacional. De acuerdo a las leyes Chilenas, cada año se fija una meta de déficit presupuestario que no podrá ser rebasado al menos que 1) el PIB caiga mas que su tendencia a largo plazo, y 2) que el precio del cobre sea menor al precio de equilibrio de largo plazo. Lo diferente de este sistema es que ambas variables, la tendencia a largo plazo del PIB y el precio del cobre, se dan a conocer a mitad de año por dos comités de especialistas no afiliados con el gobierno. Lo que ha llevado a que,

Chile’s official forecasts have not been subject to the same bias toward overoptimism that typifies other countries. If anything, its forecasts have erred on the pessimistic side.

Por si tenían duda, México, en promedio, tiene un sesgo optimista de sus pronósticos sobre el crecimiento del PIB por encima del 1.7%.

¿Quién diría que los economistas somos tan optimistas, que dicha visión del mundo puede producir desastres tales como los actuales déficits presupuestarios en países ricos y además, que el pesimismo produce mejores resultados? Toma eso Rhonda Byrnes

Fuentes