• Publicado: 21 Feb 2012

  • Archivado en: méxico, macroeconomía

Desmintiendo dos mitos comunes sobre la deuda

Recientemente me he dado cuenta que muchos mexicanos, con excepción de aquellos especializados en el tema de las finanzas (y sorprendentemente, algunos dentro), saben poco sobre como el gobierno pide prestado y paga por los servicios que provee a los ciudadanos.

En esta entrada me daré a la tarea de clarificar el tema y desmentir algunos mitos comunes, que si bien se escuchan sólo en pláticas casuales, son parte de la manera de pensar de muchos mexicanos.

Considero que si los ciudadanos comunes y corrientes -aquellos en los cafés, parques y centros comerciales- no entienden lo que hace un gobierno, menos podrán elegir al próximo.

El gobierno federal recauda dinero emitiendo una serie de papeles como garantía, los más comunes de ellos llamados CETES. Esencialmente lo que el gobierno hace es intercambiar este papelito con un inversionista por dinero en efectivo, mismo que se usa para pagar salarios, construir hospitales, etc. En el papel está una promesa por volver a pagar esa cantidad de dinero más un monto adicional.

De esta manera, al inversionista le conviene pues recibirá más dinero del que prestó y al gobierno también pues dispondrá de dinero que todavía no recauda en impuestos. Últimamente, los gobiernos estatales e incluso municipales han optado por emitir papeles similares, para proveer de más y mejores servicios a los ciudadanos. Cabe recalcar, que el “inversionista” puede ser cualquier institución dispuesta a “comprar” CETES, ya sea un banco, un fondo de retiro o un gobierno.

Dado que prácticamente todos los países del mundo funcionan así, no existe ningún problema para la economía, mientras esta deuda esté en un nivel sostenible y se invierta correctamente en el desarrollo del país. Las agencias calificadoras están constantemente revisando estos niveles para emitir su opinión sobre la “salud” de las finanzas públicas de algún país en particular.

Entonces, examinemos algunos mitos comunes sobre este mecanismo.

Mito: Le debemos “hasta lo que no” al extranjero

Si bien este mito podría tener sentido en los años setentas u ochentas, el estado actual de las cosas nos dice lo contrario. Primero que nada, ¿Qué es la deuda externa? La única diferencia con la interna es quien compra el instrumento (el papelito descrito anteriormente). La deuda externa se vende a inversionistas en otros países en otras monedas por obvias razones, mientras que la interna se vende a mexicanos en pesos. La siguiente figura ilustra como se ha hecho la transición hacía la deuda interna en los últimos años:

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Como podemos ver, cada vez dependemos menos del exterior para financiar a nuestro país. Esto se debe a que hemos encontrado diferentes maneras de captar los recursos ahorrados de los mexicanos, el sistema financiero se ha expandido (aunque falta mucho por lograr su potencial) y el sistema de AFORES han hecho que existan mucho más recursos nacionales para “comprar” deuda mexicana. Incluso ya cualquier persona común y corriente puede comprar un CETE, con el programa de CETES directo implementado este año.

Pero, podemos notar otra cosa, en tiempos de crisis, aumenta el porcentaje que le debemos al exterior. ¿Acaso estamos pidiendo prestando más cada vez que se nos complican un poco las cosas? No necesariamente. Lo que sucede es simple aritmética. Digamos que el gobierno debe 50 pesos a los mexicanos y 5 dólares a los norteamericanos, si el tipo de cambio se encuentra a 10 pesos por dólar, en efecto la deuda esta dividida equitativamente, 50-50. Sin embargo, al venir una fuerte recesión, si el peso se devalúa (por razones más alla de esta entrada), digamos que a una tasa de 15 pesos por dólar, la deuda total del gobierno ya no es de cien pesos, sino de 125. La composición ahora es de 60% en el exterior (cinco dólares a 15 pesos cada uno equivale a 75 pesos) y 40% en deuda interna (50 pesos originales).

Esto me lleva al siguiente mito,

Mito: No nos sirven de nada las reservas internacionales. Se podrían poner a mejores usos

Primero es necesario entender que las reservas no son un “ahorradito” del gobierno federal, ni de nuestros impuestos. Las reservas internacionales se acumulan de la siguiente manera. El Banco de México (un organismo autónomo) tiene la obligación, por ley de comprar todos los dólares que entran a la economía mexicana mediante turistas, ventas de petróleo, remesas o cualquier otra actividad. Dado que esos dólares no pueden circular normalmente (pues no pueden ser utilizados para comprar cosas en el supermercado o para pagar una visita al médico) deben ser convertidos a pesos, función que hace el Banco de México comprándolos en el mercado cambiario.

De esta manera, el Banco de México se queda con dólares y da a cambio pesos. Esos dólares con los cuales el Banco de México se queda son las reservas internacionales. En ningún momento se le cobro impuestos a alguien por comprar estos dólares ni algo por estilo (recuerda que el Banco de México imprime, literalmente, los billetes para comprar los dólares). Las reservas pues no pertenecen, ni representan un ahorro del Gobierno, por lo que no puede hacer uso de ellas a su voluntad.

Durante los últimos años estas reservas han aumentado considerablemente:

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Pero, ¿De qué nos sirven?

Una función de las reservas internacionales es la de tener dólares suficientes a disposición de quien los necesite, particulares o el Gobierno. Cuando el gobierno o alguna empresa, necesita pagar su deuda en otro país, necesitas dólares, mismos que son vendidos por el Banco de México a instituciones financieras. Sí, de ahí vienen esos dólares que te llevas a McAllen.

Durante la gran recesión, en medio de la incertidumbre, y fuertes movimientos de capitales, las reservas funcionaron para estabilizar el tipo de cambio. Dado que el Banco de México tenía muchas reservas, vendió muchos dólares (aumentando la oferta y así disminuyendo su precio). Sin la reserva, el tipo de cambio se hubiera devaluado mucho más de los quince pesos por dólar a los que llego a estar.

Pero quizá el mejor efecto de las reservas, y menos notorio, es de la confianza. Cuando las reservas internacionales son altas, los inversionistas extranjeros saben que el gobierno de México podrá cubrir sus pagos, pues hay suficientes dólares en el país. Esa confianza se traduce en tasas de interés más bajas para estos préstamos (pues hay menos riesgo) y esto nos beneficia a todos, pues menos impuestos se usarán para pagar esos intereses. Además, los empresarios pueden incrementar su comercio en el exterior, pues, aunque sea inconscientemente, saben que podrán comprar dólares sin sobresaltos bruscos en la tasa de cambio.

No somos un país rico y falta mucho por hacer, pero pongamos un poco en perspectiva las cosas. Dejemos de creer en mitos absurdos. No, las reservas internacionales no se pueden usar para construir escuelas ni combatir la inseguridad ni por ley ni por sentido común. Y no, no somos dependientes del exterior.

¿De qué nos sirve, a nosotros los mexicanos comunes, saber esto? Pues les diré al menos esto, jamás votaría por un político que prometa usar las reservas internacionales para temas nacionales o librarnos de la deuda externa. No sólo es absurdo, sino que demuestra que sabe poco sobre la economía.