• Publicado: 06 Oct 2012

  • Archivado en: General, Cultura

El egoísmo, la cooperación y la evolución

¿Qué tiene que ver el egoísmo, un concepto ampliamente estudiado por la economía, con la genética y la evolución? Al parecer mucho.

Leyendo el excelente libro de Richard Dawkins, The Selfish Gene (El gene egoísta), no pude contener mi asombro ante la calidad de los argumentos que se presentan.

Trataré de resumirlos en distintas entradas (porque habla desde la reproducción hasta las peleas y la muerte). En esta ocasión tocaré la premisa principal de su libro: que todos somos maquinas construidas por unos peculiares entes egoistas llamados genes.

Al principio del tiempo, comienza Dawkins, existía un gran “caldo” de genes buscando sobrevivir en las condiciones de la tierra. Como existe una escasez obvia en la naturaleza (sólo hay una cantidad fija de recursos), hay competencia por sobrevivir, hasta en esa escala tan pequeña.

Por lo anterior, los genes que mejor sobrevivieron, fueron justamente los que mejor se adaptaron a las condiciones. Había tres maneras de hacer esto: aprender a comer vigorosamente, adaptarse a un nicho de energia en donde no había tanta competencia o bien tratar de eliminar a la competencia matándolos. Todo esto, a lo largo de miles de años, llevó a que los genes comenzarán a producir mecanismos de defensa (quienes los construían mejor, sobrevivían, y por lo tanto pasaban estos conocimientos a sus “hijos”). Al principio los mecanismos eran simples barreras contra intrusos: se construyeron células con paredes donde se guardaban nutrientes.

Pero a manera de que la evolución lo permitió, y a lo largo de millones de años, los organismos comenzaron a tomar nichos cada vez más especializados. El DNA, un grupo de genes que trabajaba bien, comenzó a producir células especificas para cada proposito y en consecuencia animales para abastecerse. Un cerebro para controlar por ejemplo el brazo y así sucesivamente.

Los genes que mejor hacían “equipo” (por que recordemos que un animal tiene muchos genes), son quienes sobrevivían sucesivamente. Por ejemplo, el gene para producir aletas puede funcionar muy bien en un tiburón, pero cualquier elefante se moriría de hambre con este.

Como las fuentes de nutrientes son muchas, había muchos “nichos” que cubrir. Se formaron plantas, animales, mamíferos, reptiles, etc.

Pero todos son básicamente lo mismo: maquinas programadas por los genes para que “cuiden” y los hagan más abundantes en la naturaleza, mediante la reproducción.

En este sentido, el autor acepta que los genes no están detrás de todas nuestras decisiones, pero que si nos “programaron” en el sentido que sería conveniente para ellos.

Por ejemplo, el autor lo compara con programar un programa de ajedrez de computadora. El programador obviamente no podrá predecir todos los movimientos del oponente, pero si le dice al programa las reglas básicas del juego y algunas estrategias utiles (que pueden ser más o menos sofisticadas, según obviamente la destreza del programador).

Una vez en juego, el programa seguirá esas reglas y recomendaciones, haciendo lo mejor que puede. En este sentido, nuestros genes egoístas nos han instruido a seguir ciertas reglas y recomendaciones para que ellos puedan seguir viviendo. Nosotros solo somos un caparazón temporal.

Un ejemplo de esta programación: si haces algo que incrementa tu probabilidad de sobrevivir (comer), entonces vuelve a hacerlo, pero si haces algo que perjudique tu probabilidad de sobrevivir (como jugar con fuego o morderte), hazlo menos. Así, con instrucciones básicas y mecanismos de retroalimentación, el ser humano (y el animal) puede adaptarse a muchas condiciones para sobrevivir. Los genes que mejor “programen” a este animal para reproducirse son quienes vivirán más (en los nuevos integrantes estarán estos genes).

Una obvia contradicción a esto es que las personas (o los animales), en la práctica, no se observan como maquinas egoístas.

Pero Dawkins contiende que esto es natural. Por ejemplo, dice, las relaciones cálidas y de apoyo entre familia tienen sentido en términos evolutivos y egoístas. Las personas con las que se tiene una relación familiar comparten genes nuestros, por lo que estaríamos programados a cuidarlos a ellos también (al final de cuenta, el gene también quiere sobrevivir en esa persona).

La programación va más allá también hasta descontar la edad y las probabilidades de vivir de esa persona. Un ejemplo claro es el cariño que el humano tiende a tener hacía los bebes. Darle de comer a un bebe, en teoría reduce tus probabilidades de vivir (te podrías comer tu la comida), sin embargo, marginalmente tiene más sentido reducir en un porcentaje tan despreciable tus probabilidades por incrementar en un gran porcentaje las probabilidades del bebe (que muy probablemente comparte al menos uno que otro gene contigo y que además en teoría vivirá más tiempo).

En pocas palabras, todo lo que hacemos es en el beneficio egoísta de nuestros genes, pero esto no necesariamente significa que sea en perjuicio de otros seres humanos, o incluso por el beneficio de nosotros mismos. Lo que pareciera como actos bondadosos o caritativos, son en realidad actos que benefician solo a nuestros genes.

El argumento es provocador porque va un paso más allá de centrar la acción en el individuo, sino que contiende que la unidad más pequeña de egoísmo son nuestros genes.

Solo somos fieles servidores a sus intereses.

P.D. Recomiendo ampliamente el libro, no podré jamás resumir toda la riqueza de sus argumentos.

Fuente